Perfil biográfico de Pablo Sorozábal

por Pablo Sorozábal Gómez

San Lorenzo de El Escorial, 2017

Nacido en el seno de una humilde  familia vasca, Pablo Sorozábal Mariezkurrena (San Sebastián, 1897; Madrid, 1988) ingresó siendo muy niño, y por simple casualidad, en las clases de solfeo que ofrecía gratis la Sociedad Bascongada de Amigos del País.

Aquellos que aman su música no podrán por menos que sonreírse pensando en lo que se habrían perdido si el pequeño Pablo, que deambulaba junto con sus hermanos mayores por la ciudad, no se hubiera animado –picado por la curiosidad y las ganas quizá de hacer una travesura– a unirse a esa cola de niños “bien” que se disponía ese día a matricularse en las clases de solfeo.

Señalo esta anécdota porque era una de las preferidas de mi abuelo cuando hablaba de su infancia (a los niños de buena familia les llamaba “tirillas”),  pero también porque creo que conocer los orígenes del compositor, y muy en concreto el hecho tan poco habitual de que familiarmente no tuviese ningún lazo de unión con el mundo de la música, nos ayudará a entender cómo siempre buscó dirigir su obra al pueblo, no a una élite. En este proceso, intentó también despojar a su música de las modas y estereotipos que dominaban la escena del teatro lírico, género ya en declive en el primer tercio del siglo XX, y buscó renovarlo, sin por ello renunciar a llegar a un público amplio y no necesariamente cultivado.

Quizá, contra todo pronóstico, el pequeño Paulo, como parece que siempre le llamaba su madre, perseveró en sus clases de solfeo, aprendió primero a amar la música, consiguió poco después que su padre le regalara un violín de veintitrés pesetas, con el que aprendió el oficio, y más tarde ingresó en el Orfeón Donostiarra (sociedad coral asociada entonces a los Amigos del País). Él siempre recordó y contó con humor la anécdota de cómo le sorprendió el cambio de voz en los días previos a un concierto y de cómo pudo tranquilamente pasarse a cantar el papel de bajo: era ya un pequeño músico con una sólida formación. A la muerte de Secundino Esnaola, el director del Orfeón, Sorozábal le sucedió en el puesto durante un breve periodo de  tiempo, pues ya entonces vivía permanentemente en Alemania y sus ambiciones eran otras, como más tarde relataré.

Pablo Sorozábal en 1942

En Alemania en los años 20

En sus memorias, el músico narra con detalle el devenir de esos años, donde coexisten los recuerdos musicales de una cierta envergadura, como pueda ser su traslado a Madrid con el Orfeón a cantar La Novena y fragmentos del Parsifal, o su experiencia tocando en cuarteto en una aristocrática fiesta para, acto seguido, emplear las ganancias de dicho concierto en comprarse unas botas, con recuerdos de índole bien distinta, como cargar cajas de queso para un comerciante donostiarra: definitivamente Sorozábal ya iba atesorando las experiencias que le ayudarán a crear la música que más tarde compondría.

En los siguientes años fue violinista de la Orquesta del Gran Casino en San Sebastián y de la Orquesta Filarmónica en Madrid (de la que muchos años después sería director titular), y es de entonces cuando data su primera composición de envergadura, su Cuarteto de Cuerda en Fa. Esta obra nace de una Reverie para cuerda que había compuesto para la Orquesta del Casino y que estrenó su director, Alfredo de Larrocha. Poco tiempo antes, le había dado a conocer un primer cuarteto, obra desgraciadamente perdida y gracias a la cual,  habiendo intuido las condiciones de su joven violinista, el maestro Larrocha le recomendó para que asistiese a las clases de composición de Beltrán Pagola.

Narra mi abuelo en sus memorias, y es también una anécdota que le gustaba mucho contar en familia, cómo se sintió muy conmovido por la muerte de su compatriota Usandizaga y cómo, en una terraza al paso del cortejo fúnebre, interpretó lleno de emoción, “con el arco temblando como un pajarillo”, el andante del cuarteto de Usandizaga. Posteriormente ayudó a Ramón, el hermano del fallecido compositor,  a revisar la partitura de  “La Llama”, que había quedado inconclusa.

Deseaba Pablo Sorozábal conocer la tierra de Schumann, cuyos escritos le habían impactado, y en 1920 partió hacia Alemania, becado por el Ayuntamiento de San Sebastián. Lo hizo sin conocer ni una palabra de alemán y en un momento en el que París  era el destino mayoritario de los artistas que buscaban formación en el extranjero,  cosa que también permite hacernos una idea de cuál era ya la personalidad del joven compositor.

Allí vivió más de diez años, entre Leipzig y Berlín, una época especialmente turbulenta de la Alemania de entreguerras, pero que, en lo concerniente a la miseria de la postguerra, se relajó algo  a partir de 1924, propiciando una atmósfera de jazz y cabaret que sin duda influyó en el joven músico.

Podemos de manera simplificada dividir la carrera como compositor de Sorozábal en tres periodos. El primero, desde 1920 a los primeros años treinta, en el que combina su estancia en Alemania (de la que se tienen pocos datos concretos), con los cada vez más habituales conciertos como director y los estrenos de sus primeras obras en España. En este periodo compone fundamentalmente música sinfónica, de cámara y algunas obras corales, en su mayoría en la línea del nacionalismo vasco. La Suite vasca para orquesta y coro, las Variaciones sinfónicas sobre un canto vasco o los Siete Lieder así como breves obras corales e incluso algunas piezas de carácter marcadamente popular, como el Bigarren kalez-kale y el Gabiltzan kalez-kale son quizá las más representativas.

Inició su vida en Alemania estudiando composición con Stephan Krehl y violín con Hans Sitt, viviendo holgadamente gracias a la beca del Ayuntamiento de Donostia, que cobraba en pesetas, en unos tiempos de galopante inflación en Alemania. Pronto se inició en la dirección de orquesta, actividad que poco a poco pasaría a ocupar el lugar del violín, pero es, no obstante, curioso recordar que, bastante más tarde y con motivo de un inesperado retraso en el estreno de Katiuska, del que más tarde hablaremos, tuvo que dejar unos días Barcelona para marcharse a tocar el violín y ganar algún dinero: está claro que el instrumento con el que se inició siendo muy niño, sólo lo abandonó definitivamente siendo ya un compositor y director de orquesta completamente establecido.

En 1931 las circunstancias vitales le hicieron volver la vista hacia el teatro lírico, un género que hasta aquel  momento le había sido ajeno: le fue propuesto escribir la música para un libreto de González del Castillo y Martí Alonso, la opereta Katiuska. Sorozábal  siempre comentaba cuán extraño le resultó, en un primer momento, su incursión en el mundo de la zarzuela y cómo, a raíz de interesarse en él, adentrándose por vez primera a fondo en las obras de Chapí, Bretón, Barbieri, Chueca, Vives,… descubrió una música que nunca dejaría de amar.

En Berlín con Ramón Usandizaga

Katiuska fue estrenada el 27 de enero de 1931 en Barcelona y se convirtió así en la primera de una lista de veintidós obras líricas que culminaría en 1964 con su ópera Juan José.

Podríamos, pues, establecer en 1931 el inicio de un “segundo periodo”, que se prolongará hasta mediados de los años cincuenta, en el que el compositor se dedica en cuerpo y alma a la composición de sus más famosos títulos del género lírico y a la dirección de orquesta.

Y fue en el elenco del estreno en Madrid de su primera zarzuela, donde el autor conoció a la actriz y tiple cómica catalana Enriqueta Serrano, para la que escribió su siguiente título, la opereta La Isla de las perlas, y con la que contrajo matrimonio en 1933. Se puede disfrutar de la voz  de Enriqueta en varias memorables grabaciones de obras de Sorozábal, algunas de ellas no descatalogadas, e incluso en soporte CD.

Al piano con la partitura de Juan José

Pero volvamos a los años treinta, inicio de esta incipiente inclinación de Sorozábal hacia el género lírico. La zarzuela había sido casi siempre de ambiente nacional, volcada en el género castizo y costumbrista, lo que para algunos resultaba poco acorde con la realidad de la España republicana. Entre los que así pensaban se encontraba el compositor, que se mostraba distante de lo que llamó en sus memorias la “zarzuela de alpargata”, es decir, de los tópicos y estereotipos que querían mostrar, a través del género lírico, una realidad social falseada. Su deseo era aportar algo personal e innovador a la zarzuela del siglo XX, una obra donde encontrar un equilibrio entre la tradición y la modernidad; donde poder aplicar sus muchos años de estudio, su indudable interés por la música sinfónica y coral, que tan bien había dejado plasmado en sus primeras composiciones, pero también sus conocimientos de la música popular que como niño cantor, y como violinista, había conocido tan bien.

Tras la opereta La isla de las perlas realizará una de sus mejores obras, que también es una de las menos comprendidas: la ópera chica Adiós a la bohemia, con un libreto de Pío Baroja. Era éste un escritor al que Sorozábal veneraba y es una delicia leer en la correspondencia entre ambos cómo anima el músico al escritor para que deje a un lado sus temores a escribir un libreto para el género lírico. Enriqueta llamaba a esta obra “Adiós a la taquilla”, pues cuando su marido se obstinaba en representarla con su compañía, allá por los años cuarenta,  solía perder el dinero ganado previamente con otros títulos. Es sin duda una obra extraordinaria, precursora de su ópera Juan José.

Y en 1934 nació La del manojo de rosas, un sainete lírico en dos actos, de carácter  castizo y ambientado en el Madrid popular de la época. Una obra aparentemente sencilla, pero que utiliza unos recursos compositivos y dramáticos tales, que, además de conseguir el apoyo constante del público, le ha valido ser calificada por el Diccionario de la Zarzuela (ICCMU, 2003) como una de las más grandes zarzuelas de todos los tiempos. La obra tiene la dedicatoria: “A mi hijo Pablo, que vino al mundo a la vez que esta partitura”. Su único hijo, Pablo Sorozábal Serrano, fue también músico y  galardonado escritor y traductor, así como muy apreciado fotógrafo.

La Tabernera de Puerto (17/11/1972)

En 2013, Mario Lerena, uno de los musicólogos que mejor conoce la obra de Sorozábal, escribió en la Universidad del País Vasco una tesis doctoral en la que se analiza magistralmente la música teatral de Pablo Sorozábal.

La del manojo de rosas, creadora de lo que se podría denominar el “sainete grande”, cita, con su título y en su conocida frase musical, a “La revoltosa” de Chapí. Se compone de once números musicales, en una suerte de ”paisaje musical urbano” de los años treinta madrileños, en el que acertadamente conviven el lirismo de sus romanzas con la mazurca, la tirana, el pasodoble, el schottis, la farruca flamenca, las seguidillas, la  habanera, el zapateado y el jazz, este último en forma del divertido fox-trot Si tu sales, a Rosales. Y sólo tres días después de este estreno, ya daba a conocer otra obra, La casa de las tres muchachas, una adaptación de una opereta alemana en la que puso gran interés a pesar de no tratarse de una obra original suya; prueba de ello es que en 1978, ya octogenario y muy mermada su capacidad de trabajo, realizó una revisión completa de la partitura.

Y menciono esta cuestión porque será una constante en el autor, sobre todo en su “tercer periodo”, la revisión concienzuda, pasados varios años, de algunas de sus obras, y también de la de otros compositores a los que admiraba. En este sentido puede ser de interés para musicólogos y seguidores de la obra de Sorozábal, el conocer (o recordar si es que ya lo saben), que en distintos momentos de su vida volvió sobre su opereta La isla de las perlas y sobre sus Siete Lieder; que rescató del olvido San Antonio de la Florida de Albéniz, reconstruyendo completamente la partitura perdida y reelaboró completamente la de Pepita Jiménez, trabajando a partir de la única partitura existente en la época, creando un nuevo libreto en español; que readaptó Pan y toros de Barbieri y que, ya al final de su vida, convirtió en ballet su Capricho español de 1920 y escribió una bellísima obra, un Paso a dos (1984), a partir de los temas de Pepita Jiménez.

Con Maurice Ravel en Bilbao

En julio de 1936, pocos meses después del estreno en Barcelona de La tabernera del puerto, estalló la guerra civil.

En abril de ese año Sorozábal había sido nombrado Director de la Orquesta Sinfónica de Madrid y de la Banda Municipal de Madrid. Fue siempre defensor de la causa republicana, rechazó el exilio y, desde su puesto de Director de la Banda, pudo materializar dicho apoyo a través de muchos conciertos, que tuvieron lugar  por toda la España republicana, con el fin de  recaudar fondos para la asediada capital.

Siempre contaba cómo, cuando finalizó la guerra y Madrid fue ocupado por las tropas franquistas, esperaba que –además de las constantes llamadas telefónicas que recibía amenazándole– en cualquier momento un mal día llamarían a su puerta y, como tantos otros, desaparecería para siempre.

Pero afortunadamente no fue así. El estreno de La tabernera del puerto en Madrid salió airoso de un intento de boicot, sufrió amenazas, se le prohibió dirigir, se le exigió  ceder a la Falange los derechos de autor de La tabernera, pero resistió y pudo seguir adelante. No obstante, todo aquel que le haya conocido, o que simplemente haya escuchado sus entrevistas o leído sus memorias, sabe que gran parte del Sorozábal alegre y positivo, que sin duda era, murió en 1939.

No murió su capacidad de trabajo, pues al gran éxito de La tabernera se sumaron el de dos nuevas obras líricas, Black el payaso y Don Manolito, momento éste en el que decidió formar su propia compañía de zarzuela. Se embarcó hacia Argentina y Uruguay en 1942, con su mujer Enriqueta, su hijo Pablo y todo el personal de la Compañía, permaneciendo allí dos años, dando a conocer la mayoría de sus obras así como el repertorio clásico de zarzuela. Durante su estancia en América no escribió una sola nota, según cuenta en sus memorias, excepto el pasodoble Me caso en la mar salada, con el que celebró su cincuenta cumpleaños en el barco. Este pasodoble fue incluido en su zarzuela Entre Sevilla y Triana, Premio Nacional de Teatro en 1950.

Ensayo con la Orquesta Filarmónica

A la vuelta de su estancia en América del Sur, sustituyó a Bartolomé Pérez Casas al frente de la Orquesta Filarmónica de Madrid, con la que debutó en noviembre de 1945;  en el programa, Wagner, Bach, Falla y Stravinsky, y se mantuvo al frente de esta histórica agrupación en un momento muy complicado para la misma, pues coincidía con la gestación de la O.N.E., que sería oficialmente creada en 1947. Vio cómo su trabajo al frente de la orquesta se hacía cada vez más complicado y en 1952, cuando la censura le prohibió –por telegrama y el día antes de que fuera a tener lugar– un importante concierto que previamente le había sido autorizado, dimitió como director de la O.F.M. Iba a interpretar el estreno en España de la séptima sinfonía de Shostakovich y el estreno también de una obra suya, la suite Victoriana. Es ésta una bellísima obra, innovadora y completamente atípica en el catálogo de su autor; una composición de especial importancia, que se adelantaba varios años a otras obras neoclásicas de autores importantes, como ha señalado recientemente el musicólogo Javier Suárez Pajares en el cuatrocientos aniversario del fallecimiento de Tomás Luis de Victoria. La estrenó en 1987 José Luis López Cobos, ¡treinta y cinco años de la prohibición de su estreno por la censura franquista, y un año antes de la muerte del autor!

Se puede considerar que aquí se inicia un “tercer periodo” de su vida, en la que, muy poco a poco, Sorozábal  se va retirando de la primera línea de la vida musical española, acompañado por la certeza de sentirse perseguido, así como por una gran amargura.

En este periodo compone muchas obras de todo tipo, exceptuando conciertos para solistas.

Conviví siempre con mi abuelo, hasta su fallecimiento, y no puedo por menos que  recordar que, efectivamente, durante su vejez, expresaba insistentemente una creciente amargura vital, que verbalizaba como tristeza por la pérdida de la Republica y, con ella, de todo lo que hasta entonces se había conseguido en el campo de la cultura. No obstante, se ha hablado mucho de su difícil carácter, supuestamente duro y hosco, pero probablemente ello fuera más bien en el ámbito profesional de  la dirección de orquesta, pues no era así en la vida de familia. No cabe duda de que fue una persona valiente, que no tenía “pelos en la lengua” (baste con leer cualquier momento de sus memorias autobiográficas “Mi vida y mi obra“, muy en concreto su entrevista en 1939 con el Jefe Provincial de la Falange) y que ello le granjeó muchos enemigos, pero también con ello consiguió muchos admiradores y amigos, siendo probablemente estos últimos, los que consiguieron que no le dieran “el paseíllo” en los primeros días de la postguerra.

 En Barcelona, 1949

En 1958, fallece de forma completamente inesperada su esposa Enriqueta Serrano.

¿Significa todo el cúmulo de circunstancias que tienen lugar a partir de mediados de los años cincuenta, que Sorozábal dejó de escribir música o de dirigir? En absoluto. Citando únicamente algunas de las obras que salieron de su pluma (para una mejor descripción recomiendo visitar el apartado de esta web dedicado al catálogo), recordemos que a este periodo corresponden sus cinco últimas zarzuelas, así como  algunas de sus obras más importantes, como la cantata Gernika, las revisiones de Pepita Jiménez, Pan y Toros y San Antonio de la Florida; su  ópera Juan José; los ballets Paso a cuatro, Comedieta y Paso a dos; las Ocho canciones para dos voces y guitarra, la música de dos largometrajes y un buen número de obras corales de nueva factura, o bien revisiones de obras de juventud, todas ellas de música vasca.

Algunas de sus obras líricas se estrenaron, muy a menudo con éxito, pero, lamentablemente, fueron dejando de representarse a partir de ese momento. No es ése el caso de, por ejemplo, La tabernera del puerto, o  La del manojo de rosas, de la que destaca el magistral montaje del escenógrafo Emilio Sagi para el Teatro de la Zarzuela realizado en 1990. Y especialmente reseñable es también el periodo en el que Mario Gas e Ignacio García dirigían el Teatro Español de Madrid, ya que los aficionados a la música de Sorozábal asistimos a un hecho inusitado y completamente  inesperado: la  recuperación, en unos magníficos montajes, de Black el payaso, La eterna canción, Adiós a la bohemia y Las de Caín. En concreto el montaje de Ignacio García de Black el payaso se ha podido, además, ver en importantes teatros de Latinoamérica setenta años después de que el Maestro se embarcase con su compañía para llevar allí sus obras.

Juan José iba a ser estrenada en 1978 en el Teatro de la Zarzuela, nueve años después de haber sido compuesta, y con un gran escándalo y por razones que no corresponde analizar aquí, el estreno no se llevó finalmente a cabo. La partitura fue rescatada del olvido en 2009,  interpretada en concierto y grabada por la Orquesta de Musikene,  Centro Superior de Música del País Vasco, dirigida por José Luis Estellés; posteriormente, en 2015, fue finalmente estrenada en el Teatro de la Zarzuela, bajo la batuta de Miguel Ángel Gómez Martínez y gracias a la determinación del entonces director del Teatro de la Zarzuela, Paolo Pinamonti, un gran valedor de la obra de Sorozábal.

 Con la partitura de Victoriana, 1987

Como podemos suponer, este último revés sufrido en 1978 con Juan José, ya entrado en  la vejez, y esta vez con la ópera, a la que no dudaba en calificar de su mejor composición, no hizo sino sumir a Sorozábal en una mayor tristeza y sentimiento de derrota. Los últimos diez años de su vida, aunque con una salud aceptable y plenas facultades intelectuales, los pasó encerrado en casa con su familia (exceptuando la asistencia a contados homenajes, algún concierto y al aperitivo matutino con su grupo de amigos en un bar de la Glorieta de Bilbao en Madrid).

Pero no creo que se deba hacer un énfasis especial en ello, sino más bien en recordar que medio siglo después del estreno de La del manojo de rosas, aún mucha gente en España (e incluso algunos fuera de ella), oía el apellido Sorozábal e inmediatamente lo  relacionaba con música que tanto le gustaba, música que le había acompañado en la infancia y que le había mantenido vinculado al género lírico.

Y es que Sorozábal, lejos de entristecerse, incluso se divertía cuando ya en los años ochenta empezaron a confundir su apellido con el de un entonces conocido jugador de baloncesto, y nunca dejó pasar la ocasión de contar cómo a él le habían mantenido durante toda su vida tres bellas mujeres: una rusa (Katiuska), una florista madrileña (La del manojo de rosas) y una jovencita de un pueblo pesquero (La tabernera del puerto).